domingo, 3 de enero de 2016

Mujeres: promiscuas por naturaleza

Mujeres: promiscuas por naturaleza

Un nuevo libro pretende derribar viejos mitos sobre la sexualidad de las mujeres y sugiere que ellas son tanto o más lujuriosas, libertinas y animales en la cama que los hombres.

“Las mujeres no tienen tanta inclinación hacia el sexo como los hombres”. “Las mujeres fantasean, se excitan y se masturban mucho menos que los hombres”. “En las mujeres el sexo se limita a la función reproductiva”. “A las mujeres solo les satisface el sexo cuando sienten una verdadera conexión emocional con su pareja”. “Solo una relación estable enciende el lado erótico de las mujeres”. “Las mujeres son mucho más selectivas para escoger con quién van a la cama”. “Las mujeres son el gran baluarte de la monogamia”.

Estos postulados han hecho carrera por años, avalados por estudios psicológicos serios, pero también por poderosos condicionamientos culturales que han elevado a la categoría de dogma la idea de que el deseo femenino es asunto de escasos horizontes. Todas las sociedades han controlado, negado o silenciado desde siempre el erotismo del género de Eva, tenido como moneda de cambio, garantía de honor familiar o símbolo de piedad religiosa, pero ahora que esas limitantes han perdido validez, al menos en Occidente, se abren paso planteamientos, también de peso científico, que sorprenden por su dramática oposición al oscurantismo, sexismo y moral ambigua de las concepciones comunes.

Un ejemplo de este vuelco que parece despuntar se manifiesta en What Do Women Want? (¿Qué quieren las mujeres?), un nuevo libro de Daniel Bergner, exitoso autor estadounidense de literatura de no ficción, que causa sensación en los países de habla inglesa. El escritor, conocido por sus colaboraciones para The New York Times y otras prestigiosas publicaciones, entrevistó a varios psicólogos, psiquiatras, especialistas en diversas áreas de la medicina y primatólogos, además de acopiar los testimonios de doce mujeres, y se encontró con argumentos que dejan sin fundamento a creencias tan aceptadas como la falta de iniciativa o la pasividad de ellas entre las sábanas.

El gran caballo de batalla de las convicciones imperantes por décadas ha reposado en las estrictas ideas sobre la evolución de la raza humana. “Todo se reduce a la idea de que un género es sexual y el otro es reproductivo”, explica en el libro la uróloga australiana Helen O’Connell, quien comenta que quizá por eso la sexualidad manifiesta en mujeres que han superado la edad de tener hijos no se considera tan atractiva en referentes de la cultura popular como Hollywood.

Como los seres sexuales por excelencia, los hombres son vistos como animales y si bien la sociedad los domestica, ello no basta para esconder ese estado natural, patente en múltiples manifestaciones, como la afición a la pornografía o la promiscuidad. Así, los varones están programados por las fuerzas de la evolución para incrementar las posibilidades de que sus genes sobrevivan a perpetuidad, lo que los obliga a esparcir su semilla por donde vayan.

¿Por qué no vemos también a las mujeres como animales?, se pregunta Bergner, y una respuesta a lo significativo que ello resultaría la encontró en los experimentos de Meredith Chivers, para quien no es verdad que el femenino es el sexo menos libidinoso. Chivers, joven y destacada científica canadiense, es la autora de la investigación más impactante que expone el libro, según conceptuó The Times, de Londres.

En ella, la especialista se dio a la tarea de separar las respuestas sexuales primarias de la mujer de aquellas que está entrenada a dar, con la ayuda del pletismógrafo, un minúsculo sensor que, insertado en la vagina, mide su grado de excitación física. Para hacerlo, Chivers les enseñó a sus voluntarias una serie de videos pornográficos de mujeres con mujeres, mujeres con hombres y hombres con hombres. Pudieron observar además a un hombre desnudo caminando por la playa, hombres desnudos masturbándose o mujeres haciendo ejercicio sin ropa. Incluso, la prueba incluyó imágenes de bonobos (una especie de mono) apareándose.

Mientras observaban, las mujeres debían registrar, por medio de un teclado, qué tan excitadas creían sentirse con lo que estaban apreciando. Mientras que los dispositivos puestos en su cuerpo mostraron que ellas se encendieron con todas las imágenes, a excepción del hombre en la playa y los primates, ellas respondieron con sus teclados cosas muy distintas. Las heterosexuales aseguraron no estar interesadas en el sexo homosexual, mientras que las lesbianas dijeron no sentir nada ante la actividad sexual masculina. Ambos grupos se mostraron indiferentes ante la cópula animal.

“Las mentes femeninas no reconocieron las poderosas sensaciones que sus cuerpos estaban sintiendo”, puntualizó el estudio. En el caso de los hombres, el resultado del mismo experimento fue todo lo contrario. Con los sensores conectados a sus genitales, ellos supieron responder con los teclados lo que los excitaba de manera más específica. Para ellos, “quizá porque pasan sus vidas inevitablemente conscientes de sus respuestas físicas, no se evidenciaron barreras entre sus cuerpos y sus mentes”, anotó Chivers.

Otra seña del ancestral control sobre los impulsos de las mujeres es aportada por un estudio en el que estudiantes varones dieron las mismas respuestas sobre la masturbación, sin importar si estaban siendo vistos por otros compañeros, seguros de que sus respuestas permanecerían en el anonimato o de que estaban siendo monitoreados por un detector de mentiras. Las estudiantes, por su parte, dijeron que nunca se masturbaban ni veían pornografía, pero cuando sabían que sus respuestas quedarían anónimas tendían a reconocerlo más y dieron contestaciones casi idénticas a las de los hombres cuando creían estar conectadas a la máquina de la verdad.

La monogamia, tenida como la gran bandera de la mujer en materia de relaciones, es otro mito que tambalea a la luz de pruebas frescas que delatan esta costumbre como una jaula que sofoca la felicidad sexual de este género. Cuando esa satisfacción empezó a ser vista como una amenaza para la sociedad, a las mujeres se les inculcó que el sexo sin una relación estrecha no era conveniente.

Pero los estudios de Marta Meana, una psicóloga estadounidense, plantean que aunque ellas valoran una relación que les brinde apoyo, esa no es la ruta para avivar su deseo sino todo lo contrario. Observaciones en monos dejaron ver que las hembras, antes que pasivas, se expresaban como ansiosas, alegres y promiscuas iniciadoras del apareamiento. Con base en ello y otras pruebas, Meana argumenta que luego de una larga relación, las mujeres pierden el interés en sus hombres mucho más rápido que ellos. “Lo que más las excita no es la ternura, sino la posibilidad de ser deseadas por otros hombres. Las fantasías de entregarse en la cama a perfectos desconocidos las provocan más que cualquier otra cosa. En cuanto a deseo sexual se refiere, las mujeres también son objeto de necesidades primarias”, le aseguró la doctora Meana a Daniel Bergner.

Otros estudiosos recuerdan que la anatomía femenina puede adaptarse a múltiples parejas, tanto en el curso de la vida como en un solo episodio sexual. “Los diferentes modos en que el hombre y la mujer alcanzan el clímax pueden tener como propósito facilitar el sexo con varios hombres en corta sucesión, lo cual incrementa las probabilidades de que ellas queden embarazadas”.

 La promiscuidad de las hembras también se explica en el hecho de que los machos humanos primitivos mataban a los recién nacidos. Entonces, ellas empezaron a tener sexo con todos los de la manada para que ellos se abstuvieran de asesinar a sus crías, por no saber si estaban atentando contra su propia sangre.  

Las rejas de esa jaula del deseo que menciona Meana también han mantenido cautivo al orgasmo femenino, tantas veces negado, incomprendido y hasta castigado, aunque no siempre fue así. Al menos hasta el siglo XVII se creía que era necesario para que la mujer quedara encinta. Pero cuando los estudios sobre el funcionamiento del óvulo le tomaron la delantera, un manto de ignorancia cayó sobre él, así como casi todo el cuerpo femenino hasta hoy.

Basado en las teorías de la antropóloga Sarah Blaffer Hrdy, Bergner escribe que “el orgasmo femenino pudo ser relevante para nuestros ancestros. Con sus especiales características, como la posibilidad de experimentarlo múltiplemente, fue el método usado por la evolución para asegurarse de que las hembras sean libertinas, de que pasen eficientemente de una ronda de sexo a la siguiente, y de una pareja a otra”. Así, el éxtasis de ellas cumplió un papel determinante en la reproducción, así no sea una condición obligada para consumarla.

En fin, el controvertido texto de Bergner a lo mejor sea el inicio de una respuesta a esa incógnita que ni el mismo Sigmund Freud pudo absolver tras más de tres décadas de investigaciones: “¿Qué quiere una mujer?”.